En la soledad de una oscura habitación, frente al fuego de una fría chimenea, se lamenta un joven compositor. Sentado en un sillón de cuero en el cual, cualquier otro momento se hubiese sentido cómodo, pero esa noche no. Sus ojos estaban medios llenos de lagrimas; al igual que una botella lo estaba de whisky, sobre una pequeña mesa que se encontraba a menos de un metro del sillón . En su mente vagaban fugases recuerdos de una mujer; y en sus manos se encontraba su fiel amiga, que con cuyas cuerdas esta alma desolada tenia pensado utilizar para expresar estos recuerdos. Todos sus pensamientos se referían a esta mujer, y él seguía sin poder crear música alguna, hasta que de repente sus dedos se empezaron a mover y crearon la más hermosa pero más triste canción que se halla escuchado nunca. Cada nota que sonaba era una razón para dejar de pensar, para que de alguna manera este joven pudiese olvidar y mientras que sus lagrimas recorrían su rostro y que la música fluía, él se preguntaba si ella era real, si era realmente una razón como para hacer tal cosa. ¿Era ella una mujer, un ser humano? Por lo menos un ser vivo, pensó, pero luego se preguntó ¿Era alguna clase de ser? O tan solo una canción que creyó escuchar en lo que pensó que era el umbral de la muerte. Luego empezó de nuevo el balbuceo en su cabeza y descubrió que "ella" era un ente místico, el mismo que le había dado una razón para existir, había escrito una canción dedicándosela a la música. A pesar de haber descifrado sus pensamientos seguía sintiendo un vacío dentro de su ser. Tan profundo era su sentimiento por la música que era capas de todo. De pronto la melodía cesó y sus manos ya no sostenían a aquel cordófono, estas sostenían un instrumento de metal prácticamente inservible. Sus ojos más húmedos que nunca se serraron, dejando caer un par de lagrimas que rápidamente colapsaron contra el suelo, y con una expresión de tristeza en su rostro colocó este instrumento en su cabeza y puso su dedo en el gatillo preparándose para disparar. En ese momento cerró los ojos con más fuerza y jaló del gatillo. Se escuchó un estruendo que hubiese alterado a cualquiera pero a él no; él pudo olvidar y, al fin dejó de pensar.
lunes, 8 de junio de 2009
Historias fictisias
Canción del Umbral de la Muerte
En la soledad de una oscura habitación, frente al fuego de una fría chimenea, se lamenta un joven compositor. Sentado en un sillón de cuero en el cual, cualquier otro momento se hubiese sentido cómodo, pero esa noche no. Sus ojos estaban medios llenos de lagrimas; al igual que una botella lo estaba de whisky, sobre una pequeña mesa que se encontraba a menos de un metro del sillón . En su mente vagaban fugases recuerdos de una mujer; y en sus manos se encontraba su fiel amiga, que con cuyas cuerdas esta alma desolada tenia pensado utilizar para expresar estos recuerdos. Todos sus pensamientos se referían a esta mujer, y él seguía sin poder crear música alguna, hasta que de repente sus dedos se empezaron a mover y crearon la más hermosa pero más triste canción que se halla escuchado nunca. Cada nota que sonaba era una razón para dejar de pensar, para que de alguna manera este joven pudiese olvidar y mientras que sus lagrimas recorrían su rostro y que la música fluía, él se preguntaba si ella era real, si era realmente una razón como para hacer tal cosa. ¿Era ella una mujer, un ser humano? Por lo menos un ser vivo, pensó, pero luego se preguntó ¿Era alguna clase de ser? O tan solo una canción que creyó escuchar en lo que pensó que era el umbral de la muerte. Luego empezó de nuevo el balbuceo en su cabeza y descubrió que "ella" era un ente místico, el mismo que le había dado una razón para existir, había escrito una canción dedicándosela a la música. A pesar de haber descifrado sus pensamientos seguía sintiendo un vacío dentro de su ser. Tan profundo era su sentimiento por la música que era capas de todo. De pronto la melodía cesó y sus manos ya no sostenían a aquel cordófono, estas sostenían un instrumento de metal prácticamente inservible. Sus ojos más húmedos que nunca se serraron, dejando caer un par de lagrimas que rápidamente colapsaron contra el suelo, y con una expresión de tristeza en su rostro colocó este instrumento en su cabeza y puso su dedo en el gatillo preparándose para disparar. En ese momento cerró los ojos con más fuerza y jaló del gatillo. Se escuchó un estruendo que hubiese alterado a cualquiera pero a él no; él pudo olvidar y, al fin dejó de pensar.
En la soledad de una oscura habitación, frente al fuego de una fría chimenea, se lamenta un joven compositor. Sentado en un sillón de cuero en el cual, cualquier otro momento se hubiese sentido cómodo, pero esa noche no. Sus ojos estaban medios llenos de lagrimas; al igual que una botella lo estaba de whisky, sobre una pequeña mesa que se encontraba a menos de un metro del sillón . En su mente vagaban fugases recuerdos de una mujer; y en sus manos se encontraba su fiel amiga, que con cuyas cuerdas esta alma desolada tenia pensado utilizar para expresar estos recuerdos. Todos sus pensamientos se referían a esta mujer, y él seguía sin poder crear música alguna, hasta que de repente sus dedos se empezaron a mover y crearon la más hermosa pero más triste canción que se halla escuchado nunca. Cada nota que sonaba era una razón para dejar de pensar, para que de alguna manera este joven pudiese olvidar y mientras que sus lagrimas recorrían su rostro y que la música fluía, él se preguntaba si ella era real, si era realmente una razón como para hacer tal cosa. ¿Era ella una mujer, un ser humano? Por lo menos un ser vivo, pensó, pero luego se preguntó ¿Era alguna clase de ser? O tan solo una canción que creyó escuchar en lo que pensó que era el umbral de la muerte. Luego empezó de nuevo el balbuceo en su cabeza y descubrió que "ella" era un ente místico, el mismo que le había dado una razón para existir, había escrito una canción dedicándosela a la música. A pesar de haber descifrado sus pensamientos seguía sintiendo un vacío dentro de su ser. Tan profundo era su sentimiento por la música que era capas de todo. De pronto la melodía cesó y sus manos ya no sostenían a aquel cordófono, estas sostenían un instrumento de metal prácticamente inservible. Sus ojos más húmedos que nunca se serraron, dejando caer un par de lagrimas que rápidamente colapsaron contra el suelo, y con una expresión de tristeza en su rostro colocó este instrumento en su cabeza y puso su dedo en el gatillo preparándose para disparar. En ese momento cerró los ojos con más fuerza y jaló del gatillo. Se escuchó un estruendo que hubiese alterado a cualquiera pero a él no; él pudo olvidar y, al fin dejó de pensar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario