lunes, 8 de junio de 2009

Historias ficticias

Era la media noche

Un estruendo retumbó la tierra y los relámpagos despedazaron el cielo. Vino de pronto una brisa helada trayendo consigo susurros aterradores, mientras que a lo lejos, los relámpagos huían iluminando un cielo verde, verde espectral que sería el color del mundo en su último día. Los faroles de una ancha calle, iluminaban con fogonazos deshaciendo la penumbra que sumía al ambiente y se oscurecía a medida que la tormenta se preparaba. La brisa se convirtió en feroces vientos que se colaron por un callejón y azotaron, por encima, los tejados de las casas y el cartel de un pequeño negocio, chirriando cuando lo golpeaban y movían. Ni un alma se vio en la calle, ni en la siguiente, ni en la que le seguía a esa; ninguno se atrevió a salir, ninguno supo qué hacer cuando oyeron la noticia más que esconderse debajo de las mesas a esperar, con desesperación, lo que ocurriría. Los truenos resonaron con mayor intensidad y de la espesa oscuridad del mundo, una fina línea de luz se escapó del cielo y se estrelló contra el asfalto con un atroz estruendo, como si mil carros de piedras se descargaran al mismo tiempo. La tierra tembló, comenzó a quebrarse abriendo pequeños grandes y profundo surcos de los que emanaban vapores rielantes e incandescentes; unos sonidos horribles se escucharon desde el fondo y de él comenzaron a emerger figuras oscuras, que rápidamente se perdieron entre las casas y se incorporaron en las mismas sombras que sumían al mundo. Una terrible batalla se había desatado en las ciudades; la gente que había escapado de sus casas, que ahora ya no servían de refugio, peleaban por librarse de las miles y miles de criaturas oscuras, quienes tenían como único fin matar a la humanidad y condenarlos para siempre debajo de la superficie. La tragedia se vio en cada rincón. El sentido de la vida se volvió monótono e intrascendente, viendo cómo los cuerpos desgarrados y cubiertos de sangre se esparcían por la húmeda tierra, mientras que mensajeros descendían del cielo deslizándose por el aire desplegando sus huesudas y blanquecinas alas y revoloteando sobre el campo de batalla, donde todos los hombres luchaban por zafar de los enormes espectros que se encontraban allí, con ellos. Otro temblor sobresaltó a la humanidad que observaba cómo la tierra se abría en líneas deformadas y en enormes trozos. Los espectros arrastraron los cuerpos rendidos y saltaban con ellos al vacío del infierno, mientras que los ángeles continuaron bajando del cielo oscurecido buscando entre los escombros a los hombres que aún seguían vivos. Los envolvían con sus alas hasta quitarles el sentido y llevaban de la mano al cielo una silueta translúcida dejando detrás al cuerpo sin vida. La destrucción se olía en el aire, y la desesperación y el terror brotaban por los poros. Edificios y construcciones caían a pedazos como meras torres de cartas, y la última generación de hombres sucumbía. La devastación había venido a tocar las puertas del destino de cada hombre sobre la tierra. El final del mundo había llegado. Era la media noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario