El sol reverenció a la luna cuando esta apareció, ella ascendió la montaña y allí se quedó, rodeada de estrellas. Las sombras se fueron adueñando de la montaña, intentando descender pero atadas a los árboles y a los matorrales. Más abajo había una casa, con un pequeño huerto. En el centro de este una forma permanecía estática, mirando impasible a la montaña y sobre ella, admirando el cielo, la luna y las estrellas. Pero uno de aquellos puntitos brillantes arrastraba toda su atención. Él era un simple espantapájaros, clavado allí desde que podía recordar. Su mirada era triste, y permanecía perdida en el horizonte, mientras su cuerpo, cada vez más ligero, bailoteaba pegado a dos palos según el capricho del viento. Durante el día reía con los pájaros, que ya no le temían, y se posaban sobre sus brazos en cruz y sobre su cabeza, jugaba con las hojas que arrastradas iban a parar a su cuerpo, y como gotas de lluvia caían ligeramente a la tierra, para de nuevo volver a elevarse y perderse por los campos. Pero todo esto no le hacia olvidar, nada podía. Cada día hasta que el sol dejaba paso a la luna, anhelaba su estrella, aquella que más brillaba en el firmamento. Estaba perdidamente enamorado de ella, daría todo solo por acercarse algo más a ella, por pertenecer un segundo al cielo, o por que ella pronunciase su nombre, ¡pero le parecía tan lejana!, tan bella y tan ausente. El sabia que nunca sería suya, que pertenecía a otro: el cielo era su amante y su protector, su amor y su vida. Se sentía indefenso y pequeño, pero al fin y al cabo feliz, pues el amor muchos creen tenerlo, pero pocos mueren habiéndolo sentido. Una noche el corazón del espantapájaros estaba llorando, pues las nubes cubrían el cielo, y su amante no aparecía, no le consolaba con su presencia. El viento soplaba con fuerza, y la paja que formaba el cuerpo del espantapájaros se escapaba como la esperanza de su amor. De pronto una ráfaga sacudió el valle, y él fue arrancado de la tierra, arrastrado y golpeado sin piedad. La mañana llegó. El cielo lloraba, mojando el valle de lágrimas, y ni el pañuelo del sol pudo secarlas. El espantapájaros había muerto. Su cuerpo yacía inerte, junto a unas rocas. Las hojas y la tierra habían cubierto su rostro, sobre el que aún había lágrimas secas. Murió de pena. No pudo resistir no volver a ver a su amante, que cada noche asomaba en el cielo, el compañero de su vida, y buscaba al espantapájaros, que tantas miradas hermosas la había dedicado.
lunes, 8 de junio de 2009
Historias ficticias
... Y las Estrellas
El sol reverenció a la luna cuando esta apareció, ella ascendió la montaña y allí se quedó, rodeada de estrellas. Las sombras se fueron adueñando de la montaña, intentando descender pero atadas a los árboles y a los matorrales. Más abajo había una casa, con un pequeño huerto. En el centro de este una forma permanecía estática, mirando impasible a la montaña y sobre ella, admirando el cielo, la luna y las estrellas. Pero uno de aquellos puntitos brillantes arrastraba toda su atención. Él era un simple espantapájaros, clavado allí desde que podía recordar. Su mirada era triste, y permanecía perdida en el horizonte, mientras su cuerpo, cada vez más ligero, bailoteaba pegado a dos palos según el capricho del viento. Durante el día reía con los pájaros, que ya no le temían, y se posaban sobre sus brazos en cruz y sobre su cabeza, jugaba con las hojas que arrastradas iban a parar a su cuerpo, y como gotas de lluvia caían ligeramente a la tierra, para de nuevo volver a elevarse y perderse por los campos. Pero todo esto no le hacia olvidar, nada podía. Cada día hasta que el sol dejaba paso a la luna, anhelaba su estrella, aquella que más brillaba en el firmamento. Estaba perdidamente enamorado de ella, daría todo solo por acercarse algo más a ella, por pertenecer un segundo al cielo, o por que ella pronunciase su nombre, ¡pero le parecía tan lejana!, tan bella y tan ausente. El sabia que nunca sería suya, que pertenecía a otro: el cielo era su amante y su protector, su amor y su vida. Se sentía indefenso y pequeño, pero al fin y al cabo feliz, pues el amor muchos creen tenerlo, pero pocos mueren habiéndolo sentido. Una noche el corazón del espantapájaros estaba llorando, pues las nubes cubrían el cielo, y su amante no aparecía, no le consolaba con su presencia. El viento soplaba con fuerza, y la paja que formaba el cuerpo del espantapájaros se escapaba como la esperanza de su amor. De pronto una ráfaga sacudió el valle, y él fue arrancado de la tierra, arrastrado y golpeado sin piedad. La mañana llegó. El cielo lloraba, mojando el valle de lágrimas, y ni el pañuelo del sol pudo secarlas. El espantapájaros había muerto. Su cuerpo yacía inerte, junto a unas rocas. Las hojas y la tierra habían cubierto su rostro, sobre el que aún había lágrimas secas. Murió de pena. No pudo resistir no volver a ver a su amante, que cada noche asomaba en el cielo, el compañero de su vida, y buscaba al espantapájaros, que tantas miradas hermosas la había dedicado.
El sol reverenció a la luna cuando esta apareció, ella ascendió la montaña y allí se quedó, rodeada de estrellas. Las sombras se fueron adueñando de la montaña, intentando descender pero atadas a los árboles y a los matorrales. Más abajo había una casa, con un pequeño huerto. En el centro de este una forma permanecía estática, mirando impasible a la montaña y sobre ella, admirando el cielo, la luna y las estrellas. Pero uno de aquellos puntitos brillantes arrastraba toda su atención. Él era un simple espantapájaros, clavado allí desde que podía recordar. Su mirada era triste, y permanecía perdida en el horizonte, mientras su cuerpo, cada vez más ligero, bailoteaba pegado a dos palos según el capricho del viento. Durante el día reía con los pájaros, que ya no le temían, y se posaban sobre sus brazos en cruz y sobre su cabeza, jugaba con las hojas que arrastradas iban a parar a su cuerpo, y como gotas de lluvia caían ligeramente a la tierra, para de nuevo volver a elevarse y perderse por los campos. Pero todo esto no le hacia olvidar, nada podía. Cada día hasta que el sol dejaba paso a la luna, anhelaba su estrella, aquella que más brillaba en el firmamento. Estaba perdidamente enamorado de ella, daría todo solo por acercarse algo más a ella, por pertenecer un segundo al cielo, o por que ella pronunciase su nombre, ¡pero le parecía tan lejana!, tan bella y tan ausente. El sabia que nunca sería suya, que pertenecía a otro: el cielo era su amante y su protector, su amor y su vida. Se sentía indefenso y pequeño, pero al fin y al cabo feliz, pues el amor muchos creen tenerlo, pero pocos mueren habiéndolo sentido. Una noche el corazón del espantapájaros estaba llorando, pues las nubes cubrían el cielo, y su amante no aparecía, no le consolaba con su presencia. El viento soplaba con fuerza, y la paja que formaba el cuerpo del espantapájaros se escapaba como la esperanza de su amor. De pronto una ráfaga sacudió el valle, y él fue arrancado de la tierra, arrastrado y golpeado sin piedad. La mañana llegó. El cielo lloraba, mojando el valle de lágrimas, y ni el pañuelo del sol pudo secarlas. El espantapájaros había muerto. Su cuerpo yacía inerte, junto a unas rocas. Las hojas y la tierra habían cubierto su rostro, sobre el que aún había lágrimas secas. Murió de pena. No pudo resistir no volver a ver a su amante, que cada noche asomaba en el cielo, el compañero de su vida, y buscaba al espantapájaros, que tantas miradas hermosas la había dedicado.
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